HÉROES

superman-2345419_960_720Hoy me desperté sintiéndome un superhéroe.

Algo dentro de mí falló y dejó que lo supiera. O quizás fuera alguno de los últimos sueños de la noche el que me hiciera pensarlo, pero no supe qué era exactamente. Sólo estuve seguro de que era igual que ese famoso héroe de la tele.

Las señales fueron claras durante todo el día:

Por la mañana me levanté diez minutos más temprano de lo habitual, y no me sentí mal. Corrí de un lado a otro de la casa mucho más rápido que otros días. Y no sólo no me cansé, sino que tuve tiempo de arreglarme, de preparar el desayuno para toda la familia y de despertar a los chicos. María todavía podría dormir unos minutos más, hasta que yo me hubiera ido. Y entonces ya se encontraría el café humeando en su taza y seguramente disfrutaría del tomate que acababa de rallarle para sus tostadas. Ella sí que era mi súper heroína y me sentí muy feliz de haber conseguido sacar un poco de tiempo para alegrarle la mañana.

Las pruebas que ponían de manifiesto mi condición sobrehumana se sucedieron de camino al trabajo, y sólo tardé media hora en dejar a los canijos en el cole. También los otros treinta y cinco minutos hasta la oficina fueron escasos en comparación con la hora larga de otros días. Suspiré pensando en si esa insólita capacidad para esquivar atascos y encontrar semáforos verdes podría ser consecuencia de mi posible sobrenaturalidad, pero dejé de darle importancia cuando en el trabajo me dijeron que ese día tendría que atender las llamadas de tres compañeros que estaban de baja y tuve que ponerme a la faena. Allí, al mediodía incluso me sentí orgulloso de todo el papeleo acumulado que había logrado sacar adelante. Nadie me felicitó, pero conseguí que no se echara a nadie de menos y que la cosa fluyera.

Ya por la tarde logré cerrar los últimos temas pendientes de mi propio trabajo sin acusar demasiado el cansancio y sin que las quejas de mi estómago, por haberle condenado a un sándwich escuálido, le delataran a mi jefe que salía de la oficina a mi hora. Casi me sentí un mutante en comparación con todos los que se quedaron allí sentados, mirando el Facebook y quedando bien con los superiores. Sólo cuando me di cuenta de que en realidad huía como un villano de cómic supe que mis supuestos poderes no tenían nada que ver con lo laboral.

Era casi  de noche cuando recogí a los chicos. Los pobres habían sufrido al menos tres extraescolares cada uno para que su horario coincidiera con el mío. Y me pregunté si para aguantarlo no habrían heredado alguno de los súper-poderes que yo creía atesorar. Se durmieron agotados en cuanto cerré la puerta del coche y entendí que no era así.

Al caer la noche María llegó a casa, pero casi ni la vi, porque aprovechó para ducharse mientras yo preparaba la cena y las comidas del día siguiente. Me quedaron tan ricas que, una vez más, pensé que quizás alguna especie de rayo cósmico me hubiera alcanzado para convertirme en un cocinero a años luz de los mejores. Pero bastó que los niños torcieran el gesto con la verdura para indicarme lo contrario.

Acabo de comprobar que tampoco he adquirido una inteligencia tan portentosa como para poder saltarme las pocas páginas que cada día repaso de mis asignaturas de la UNED. Hoy se me ha dado especialmente bien y he podido hojear unas pocas más que ayer, pero he comprobado que no recuerdo cada palabra de las que estudio. Ese tampoco es mi poder. Y si lo hubiera sido habría sido interrumpido por los gritos de los peques desde el baño, donde he ido a relevar a María, para que ella también tenga algo de tiempo de lectura.

Me duele admitirlo, y eso es otra prueba de que no me he vuelto invulnerable a todo como el hombre de acero de las noticias, pero antes de irme a acostar acabo de asumir que toda esta historia del superhéroe era fruto de mi imaginación, que sólo soy uno más entre tantos y que no soy especial. Quizás sólo sea que de joven leí demasiados cómics cuando aún contaba con tiempo libre.

Todavía con la cabeza gacha por la frustración, paso de puntillas a la habitación de los niños y espero hasta que, casi en sueños, me dan un beso. En la puerta me espera la silueta de María, que me abraza y también me besa antes de meterse en la cama y dormirse.

El calor de mis labios y de mi mejilla ya comienza a extenderse por el resto de mi cuerpo cuando cierro la puerta y comienzo a notar la fuerza atravesándome. Entonces mis músculos se tensan y mi cerebro empieza a funcionar con infinita lucidez. Me abrocho la capa, abro la ventana y salto afuera para volar alto sobre la casa, en busca de otras aventuras menos importantes. Como siempre, esta noche tampoco conseguirán enfocar mi cara en la tele. Iré demasiado rápido para todos, porque tengo poco tiempo antes de volver. Entonces, lo mismo que cada mañana lo olvidaré todo y empezará otro día mucho más duro.

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